Como
siempre me pasa con Ana cuando trabajamos juntas, surgen un montón
de ideas, subimos..., subimos..., subimos..., hasta llegar a las
nubes. Desde arriba se consiguen ver más cosas. Nuestra diferencia
horaria es de nueve horas, con lo que tanto ella como yo últimamente
perdemos algo de sueño, y en tan poco tiempo del que disponemos
planeamos hacer muchos proyectos... En un momento dado, cuando yo le
he dicho, -no tenemos limites!-, ella ha añadido, -tenemos
limitaciones!- (esto daría para otro post), entonces es cuando hemos
tropezado nuevamente con la realidad y nos hemos desinflado. Pero no
estoy de acuerdo con Ana, es verdad que estamos limitados, pero la
imaginación es lo más importante que tenemos, y no se trata de
vivir en una nube, se trata de subir a las nubes para imaginar cómo
queremos hacer para romper esas barreras, esas limitaciones. Entonces
recordé una frase que leí, (en ese momento no me acordaba, así es
que le he prometido se la buscaba). Albert Einstein decía que en los
momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el
conocimiento. Posiblemente para los científicos "ortodoxos y
puristas" esto les de un poco de risa (afortunadamentre Ana no
es así). El científico "ortodoxo" se concibe
habitualmente como un individuo profundamente comprometido con su
ocupación profesional, escrupuloso en los detalles, crítico
riguroso e implacable de sus propias ideas y resultados y de los de
sus colegas, escéptico (en principio) de cualquier proposición
avanzada en su campo de investigación por sujetos sin credenciales
ortodoxas, y no diferentes a su rango y jerarquía en el mundo
académico contemporáneo. Este último lo concibe formado por una
improbable combinación de sus amigos, investigadores excelsos y
hombres de bien todos ellos, que por supuesto comparten y apoyan sus
ideas, y un grupo de sujetos ignorantes, mal informados y hasta
fraudulentos, que sistemáticamente se oponen en público a ellas.
Este científico es "frío y calculador", cuidadoso de que
sus emociones y deseos personales no intervengan en su trabajo
profesional.
Esta
descripción es una exagerada caricatura de la realidad, pero como
todas las caricaturas contiene mucho de cierto. El punto que me
interesa subrayar es que la ciencia es una actividad humana,
por lo que todos los esfuerzos por presentarla como independiente del
H. sapiens
y sus formas tradicionales y especificas de actuar
están destinados al fracaso. Una de las características más
propias del hombre es su imaginación, su capacidad para crear dentro
de su cabeza mundos diferentes a los que experimenta, escenarios
completamente distintos a los que le ha tocado vivir o a los que han
ocurrido y ya han sido fielmente registrados a través de la
historia. La sustitución del mundo verdadero por un mundo imaginario
no pasaría de ser un problema meramente teórico si no fuera porque
históricamente ha sido la forma principal como la ciencia ha
transformado al mundo.
El científico sólo tiene una manera de explorar:
imaginándose primero cómo podría ser, inventando explicaciones
posibles de la realidad, diseñando modelos teóricos, y después
confrontando en forma crítica y rigurosa sus imaginaciones, inventos
y modelos teóricos con la realidad misma. Dentro de este esquema de
la actividad científica, la imaginación ocupa un papel fundamental
y justifica plenamente la consideración de la ciencia como una
actividad esencialmente creativa sin limites ni limitaciones.
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